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martes, 5 de febrero de 2019

Thomas Page, el primer boxeador trans, cuenta en un libro cómo forjó su hombría sobre el cuadrilátero

«Boxear me enseñó a luchar por mi vida, me conectó con ella y me procuró una simpatía por los hombres que no había sentido jamás». «Luchar me enseñó las verdades sobre la múltiple identidad masculina y peleando sentí por primera vez cómo los hombres me cuidaban». Lo asegura Thomas Page McBee, el primer boxeador trans que combatió en el Madison Square Garden, la catedral del boxeo.Nunca se sintió atrapado en un cuerpo femenino. No obstante, a los 30 años abordó lo que este periodista, escritor, y boxeador amateur llama su «transición».

En el 2012 se hormonó y se operó y en el 2015 subió al ring con anatomía masculina. Perdió el combate, pero ganó «muchas otras cosas», según el positivo balance de este batallador nacido en Carolina del Norte en 1981, que sufrió abusos de su padrastro y vivió su infancia y adolescencia como «un chicazo». Ahora da cuenta de su transformación física, mental y moral en Un hombre de verdad (Temas de Hoy). 
Reflexiona sobre qué supone ser varón, cuestiona la masculinidad más tóxica, reivindica la conformación cultural del género y niega la máxima del título. «No existe un hombre de verdad», sostiene.

«No nací en el cuerpo equivocado. Siempre fui una persona muy masculina y andrógina y mi madre, que era científica y rompió muchos techos de cristal, me enseñó que el género se define en gran medida por la cultura», recuerda. «Me sentía cómodo, pero experimenté lo que se llama disforia de género en la treintena. Se hizo más evidente tras mi transición que podía ser más feliz cambiando», explica risueño, acomodado en su virilidad y luciendo su fino y masculino bigote.

Mohamed Ali

Page, que subtitula su libro Lecciones de un boxeador que peleaba para abrazar mejor, explica cómo el cuadrilátero fue «una revelación» que cambió su vida. «Siempre me gustó la lucha. Es un gran deporte y muy literario», dice evocando a Norman Mailer o Joyce Carol Oates y conectando el boxeo «con las batallas por los derechos civiles que encarnó Mohamed Ali en el ring».

Además de un lugar cargado de literatura, para Page el cuadrilátero era «un reto, y el sitio adecuado para plantear mil preguntas sobre la masculinidad». «Viví varios episodios de violencia: los hombres quisieron pegarse conmigo en las calles de Nueva York muchas veces y me preguntaba por qué y por la esencia de la masculinidad», dice. «El ring me enseñó mucho sobre la amistad masculina, me descubrió qué tipo de varón no quería ser y que, de no cambiar algo, me convertiría en el tío que quería pegarme», explica.

«Si pierdes la posibilidad de tener una realidad emocional humana, si dejas de hacerte preguntas, te conviertes en un macho como Donald Trump, que nunca leerá mi libro, porque no lee nada». «Ojalá que Obama, que sí es un gran lector, me ponga en su lista de lectura», bromea.

«Soy afortunado por experimentar la socialización masculina y ahora no soy distinto de cualquier otro hombre», asegura. Eso sí, está en lucha consigo mismo para alejarse, con ayuda de su mujer, de lo que Page llama «masculinidad tóxica»
«Hallé una manera de ser yo sin caer en esa toxicidad testosterónica de la que huyo», apunta. «No existe un modelo monolítico de masculinidad. Hay muchas maneras de ser un hombre, aunque la mayoritaria se basa en un esquema piramidal en el que los de abajo sostienen a los de la cúspide con la esperanza de ascender al pequeño grupo patriarcal que lo controla todo y al que nuca llegará», ahonda en su análisis.

«Hay que educar a los niños mostrando que el género es una identidad, que todos tenemos un género, pero que encararnos con esa identidad ha de darte la oportunidad de convertirte en un ser humano pleno, y no en uno que sigue las reglas que te imponen y que pueden ser muy dañinas para muchas personas», concluye.

«Como en El club de la lucha, la primera y la segunda regla de la masculinidad es no hablar de la masculinidad», apunta. Por eso, cuenta Page cómo para descubrir la suya se metió en lo que los sociólogos denominan La caja del hombre. «No debía mostrar mis emociones, ni ser vulnerable, ni enseñar otro sentimiento que no fuera la ira. No podía mostrar el duelo por la muerte de mi madre y me pregunté si todo lo que había hecho era para quedarme atrapado en un cuerpo masculino», prosigue. Las respuestas están en su libro.