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lunes, 17 de septiembre de 2007



A mi entender, para muchas y muchos trans, primero es la disforia, la sensación de desajuste; luego viene la necesidad de un modelo con quien identificarse; entonces se encuentra este modelo en el otro sexo y ya se sigue todo.
Como se ve, es una cuestión de conocimiento o de conciencia de sí y de la realidad de los sexos. Por eso es una cuestión humana; los animales pueden ser homosexuales pero no pueden ser trans, porque la identidad requiere conciencia de lo objetivo y lo subjetivo.
Ahora voy a fijarme en la cuestión del modelo; lo elegimos sobre la siguiente base: “las mujeres” o “los hombres”.
¿Con qué características? Las trans queremos seguir el modelo de, es decir, nos identificamos con, una mujer joven, guapa y atractiva.
Los trans, es curioso, con un hombre discreto, incluso gris, un hombre anónimo más que un hombre que brille por cualquier razón.
Es evidente que, sintamos lo que sintamos, hay mujeres y hombres de mil clases, jóvenes, maduras y viejos, feas y guapos, listas y torpes, audaces y tímidos, obesas y obesos, altas, bajos. El que estén tan prefijados como suelen estarlo los modelos que elegimos, muestra que no nos identificamos con “una mujer” o “un hombre” cualesquiera, en general, sino que en nuestra imaginación necesitamos fijarnos en un tipo muy determinado.
En el caso de las trans, está claro por qué. Arrastramos falta de autoestima por nuestra condición de varón, que nos parece fea, indigna de amor y por eso no amada (es una consecuencia del trauma de homoafectividad que creo que sufrimos muchas) y pretendemos, al identificarnos con una mujer, pasar a ser queridas, deseadas, valoradas, protegidas… Lo que echamos en falta.
Éstos son por lo menos los anhelos primitivos, juveniles, resistentes a lo largo de toda la vida, los que sostienen la transexualidad femenina, independientemente de que se hagan realidad o no. Los sueños son los sueños.
(Por cierto, no alcanzo a entender el sueño trans masculino; si alguno leyera esta página y quisiera explicármelo, se lo agradecería mucho)
Algunas trans llegan a hacer realidad este anhelo; otras, la mayoría, no, o sólo en parte. Es mejor, para eso, ser trans cuando se puede ser joven, bella y deseable, porque se puede vivir lo soñado. Yo, que casi no pude vivir como trans cuando era joven, bella y deseable (qué duro es escribir estas palabras), he encontrado sin embargo un cariño afectuoso y hasta protector por parte de mis amigos, que es una parte de lo que deseaba. También me habréis visto escribir que me identifico con una solterona alta, un poco sosa, que vive tranquilamente en su casita añosa y pinta, o escribe poesía, o algo por el estilo. Puro realismo.
O sea, que los modelos los elegimos también en la medida en que se ajustan a nuestra realidad. Pero los elegimos, para responder a nuestras necesidades, para curar o aliviar nuestro trauma.
Eso nos permite libertad de elección. Es muy interesante que la experiencia de los años nos muestra que algunos modelos pueden desvairse y dejar de ser operativos. Podemos sentirnos incluso desamparadas o perdidas al ver que lo que siempre hemos deseado ser, ya no nos interesa.
A mí me ha pasado –y estoy recuperándome- con el modelo de joven, guapa y deseable (aunque puede seguir estando vigente en los sueños, pero en los que vienen al dormir)
La razón puede ser porque ha mejorado mi autoestima, puesto que ahora me siento algo más querida que antes; o quizá por puro sentido de la realidad: ahora sé que es imposible ya ser joven, guapa y deseable. Pues a otra cosa, mariposa.
Entonces, para no perderse, hay que volver al principio y verse como lo que se ha sido y se es: una persona que no soporta su sexo porque está traumatizada y disfórica. Un caracol sin concha que necesita encontrar una casa libre.
A partir de ese momento, podemos elegir modelos. Yo me he fijado, ya digo, en el de solterona –ah, se me olvidaba decir que quizás guiri, noruega o alemana o algo así; muy libre de manera de vivir; muy segura. Pero este modelo es un poco pasivo, o tímido, o gris, o discreto, o triste, o aburrido.
De pronto, el otro día, se me ocurrió otro modelo. Voy a personalizarlo en Isabelle Eberhardt, una belga, creo (no voy a buscarlo porque me resulta más interesante mezclar la realidad con mi imaginación) que, a fines del siglo XIX estuvo con los tuareg del Sahara, los hombres azules, vestida de hombre pero sin dejar de hacer saber su condición de mujer, con sahariana y polainas, unas veces con salacot y otras liándose a la cabeza, como ellos, un turbante azul que luego caería como un manto casi transparente sobre su espalda, cabalgando y galopando como el primero de ellos, tirando tiros al galope como ellos o con mayor puntería que ellos, porque estuvo también en sus guerras y necesitaba hacerse respetar.
Me la imagino durmiendo en una jaima para ella sola y despertándose a media noche con el solo susurro de un hombre arrastrándose por la arena para violarla y ella disparándole con su pistola a una pierna para darle una lección inolvidable a todos (me acabo de inventar esta historia)
Pero también me imagino su felicidad al sentirse libre de los condicionamientos del sexo o de los más opresivos, en la alegría de las galopadas entre las risas, los gritos, el calor, el fulgor amarillo del día, bajo la grandísima cúpula del azul transparente, entre nubes de arena o en la tranquilidad y el frío de las noches mucho más brillantes de estrellas que en cualquier otro lugar del mundo.
También ella había elegido su modelo de vida, muy distinto del que seguían las damas respetables y medio atontadas de su tiempo, con sus faldones largos y oscuros.
Está claro que no me voy a ir al desierto. También está claro que me considero sobre todo una persona delicada, lectora, tranquila y que jamás de los jamases me habría sentido a gusto galopando en un caballo, gritando y disparando.
Pero reconozco que hay elementos del modelo de Isabelle Eberhardt que me fascinan y que se parecen a mi manera de ser. Soy audaz, a mi manera. Me fui haciendo autostop, en mi juventud, de Francia hasta Suecia y volví de Suecia hasta España. Me hipnotizan los espacios libres, inmensos, vacíos, porque tengo ansias de libertad. Soy combativa y muy orgullosa y creo que hay una forma de amor en las peleas. He luchado, desafiado, negociado. Me gusta ser también así y dejarme de timideces, sino palpar el infinito.
A la vez, secretamente, me doy cuenta de que Isabelle Eberhardt les fascinaba a los tuareg. La deseaban callados, la querían. Les enternecía en el fondo. Con toda su arrogancia no era un hombre seco y terrible. Podían desear protegerla de los mil hombres que pudieran hacerle daño. También eso, en el fondo de mi corazón, me atrae y me interesa.
A lo que era Isabelle Eberhardt le doy el nombre de amazona. Ya se sabe lo que eran las amazonas de los mitos griegos: mujeres libres y guerreras, sin hombres, que se cortaban un pecho (a-mazos, sin pecho) para mejor apuntar el arco.
En el siglo XIX y XX se ha llamado amazonas a las damas a caballo que tomaban parte en la caza del zorro, con un elegante y sobrio atuendo, sombrero de copa, chaquetilla y falda negra, de caída recta, botas y fusta.
También a las mujeres audaces que cabalgan o saltan en los concursos hípicos: gorra redonda, chaqueta y pantalón de montar con botas, indumento casi igual al de los varones. No es difícil ver en éstas un aire de valentía y decisión, la suficiente para volar por los aires sobre un caballo. Me las imagino después del concurso, charlando en el bar del club hípico, con sus compañeros, despatarradas y cómodas en los sillones.
En fin; me gusta, me interesa, me expresa, aunque sólo sea simbólicamente, el modelo de las amazonas.
Kim Pérez 17-09-2007 Habla de este comentario ( pon el titulo) ( `` Wlalk on the