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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Atrapadas en el DSM


Por qué no celebro que la Biblia de los psiquiatras el DSM ya no considere la transexualidad una enfermedad mental.
La salida parcial de la transexualidad del Manual de Desórdenes Mentales es un pequeño avance, pero aunque estamos necesitadas de buenas noticias con impacto, ésta no lo es y en definitiva no equivale a cuando la homosexualidad fue retirada del Manual de Desórdenes Mentales en 1973.
En primer lugar, si la transexualidad no es una enfermedad mental ¿qué hace todavía dentro del Manual de Desórdenes Mentales? Sólo le bajaron un poco el tono al asunto y ahora le llaman “disforia” (dolor intolerable) y se descarta que ese dolor pueda ser por algo real y físico que requiere soluciones médicas como las cirugías y enfoques biológicos y químicos como las hormonas, la disforia es “un sentimiento” y ya. Varias activistas transexuales habían solicitado que se reconociera que sí hay necesidad de apoyo externo pero que éste debe ser exclusivamente médico, no psicológico.
No se considera que para muchas aunque no para todas las personas transexuales esa “disforia” tiene mucho que ver con una necesidad física y real de alcanzar un equilibrio hormonal que no es ni un efecto psicológico ni un efecto placebo ni el deseo de “verse” bien sino una necesidad del cuerpo muy posiblemente relacionada con ciertas áreas específicas del cerebro. Lo mismo va para las cirugías, no es sólo “verse” de tal manera sino, en palabras de Julia Serano, es como si mi cerebro supiera cómo debe ser mi cuerpo, de una forma vaga pero profunda, intensa y persistente, lo que llamamos sexo subconsciente, un punto ciego para las personas cisexuales y que tienden a borrarlo por defecto.
Y por supuesto el cisexismo de la sociedad queda fuera de cualquier consideración a la hora de evaluar esta “disforia:” No se examina la ansiedad de género de las personas cisexuales ni por qué se sienten amenazadas por la mera existencia de las personas transexuales. En lugar de ello se patologiza a las personas transexuales como “disfóricas” y se deja de lado el componente social que se suma al dolor real por la desaloneación de su cuerpo.
Este componente social no es un supuesto desajuste a los roles rígidos de género como intentan hacerlo ver las acérrimas enemigas de las personas transexuales como Raymond y un grupo reducido pero muy influyente y viral de “radfems” que hablan en nombre del feminismo con la tácita aprobación de muchas y la valiente defensa a favor de las personas transexuales de unas pocas y auténticas feministas. Hay críticas puntuales a esta posición anti-transexual en los trabajos de Julia Serano y Vivianne Namaste, autoras y activistas transexuales.
El componente social es el cisexismo de la sociedad y ese también es borrado con el establecimento de la “disforia” individual. Si el costo de hacer la transición física que necesitas para poder finalmente “habitar tu propio cuerpo” y lograr esa alineación de tu sexo físico con tu sexo subconsciente es perder todo tu sistema de apoyo, familia, relaciones, amigos, estudios, carrera, bienes y demás. Si te ves arrojada o arrojado a la calle y a vivir en soledad. Si sólo en Brasil asesinan 10 mujeres trans al mes y en el mundo cada 72 horas o menos es asesinada una persona trans, la casi totalidad mujeres. Si tanto hombres como mujeres transexuales están expuestos al bullying y al acoso de cualquiera y con la silenciosa aprobación de todos, sólo por realizar acciones tan simples como caminar unas cuadras para ir la supermercado por las mañanas. ¿Cómo no te vas a sentir “disfórica”? ¿Y qué hacen los psiquiatras? Crean una categoría para patologizar nuestra depresión o nuestra ansiedad, todo para proteger a las personas cisexuales de su propia ansiedad de género.
Es muchísimo más difícil denunciar la cooptación que la represión directa. Los psiquiatras cisexistas lograron aliviar la presión del Día Internacional contra la Transpatologización proclamando que sacaron del Manual a la transexualidad cuando no es cierto, y los medios LGB oficiales y las personas trans cisexuales, con buena intención o por desconocimiento producto del privilegio, muestran la noticia como un logro histórico similar al que se consiguió con la homosexualidad en 1973.
Ni las personas gay, lesbianas, bisexuales ni transgénero que no son transexuales, es decir que son cisexuales, requieren de servicios médicos específicos para una transición física que consiga alinear en lo posible su sexo físico con su sexo subconsciente, como si necesitan hacerlo la mayoría de personas transexuales, por ejemplo en el caso de las mujeres transexuales el 84% respondió que sí se había realizado o pensaba realizarse cirugías para esa transición (Reporte “Injusticia a Cada Momento”, 2011, el mayor estudio a la fecha.)
Por si fuera poco, como bien señala Julia Serano, no sólo el estigma continúa ahora con la “disforia” sino que ahora se consolida un desorden mental muy serio (está en la sección de parafilias): el desorden travestista, introduciendo diagnósticos hechos a la medida de las personas transexuales a través de dos nuevas modificaciones y que además las deshumanizan, sexualizándolas, el desorden travestista con autoginefilia para todos y una recién estrenada autoandrofilia, dirigida a los hombres trans.
Las personas que estuvieron a cargo de la revisión del Manual de Psiquiatría en transexualidad y parafilias fueron los académicos Zucker y Blanchard, líderes mundiales en terapia de reversión para niños transexuales y variantes de género, no es sorpresa que sean autores recomendados por el Vaticano.
Así que de momento dejaré la celebración para cuando la Organización Mundial de la Salud descalifique al Manual (norteamericano) de Desórdenes Mentales y declare ante cada país y ante la ONU que la transexualidad lo mismo que la cisexualidad (aunque no le llamen así, claro) no es una enfermedad mental y nunca lo fue, que en muchos casos requiere de apoyo médico para una transición física y que bajo los nombres que sea, jamás debió haber estado en un Manual de Desórdenes Mentales! 

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