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sábado, 26 de octubre de 2013

Sofía siempre fue David. Jerónimo siempre fue Lucía

Cuando David nació, sus padres dieron la bienvenida a Sofía. Todo estaba preparado para recibir a la primera y deseada niña de la casa. Abundaba el color rosa, pero Sofía nunca existió. David lo gritó a los tres años cuando fue llorando a la guardería disfrazado de princesa. David no jugaba con las muñecas ni con las cocinitas, le gustaba tener el pelo corto y se dibujaba a sí mismo como un niño. Sofía cada vez estaba más ausente. Eva, su madre, pensó que su hija sería lesbiana pero a los seis años apareció la ficha necesaria para completar el puzzle: “Mamá, enséñame en Youtube cómo se ponen pene las mujeres”.

Por delante, un universo desconocido. Los padres de David no conocían ningún caso similar y tampoco sabían cómo actuar ante un claro caso de transexualidad masculina. Eva empezó a buscar en internet toda la información que no tenía, hasta saber más que la pediatra a la que acudió para encontrar alguna respuesta en medio de la nada. De la pediatra al psicólogo, misma respuesta: desconocimiento absoluto. “Yo pensaba que había creada una mínima infraestructura, pero la realidad es que no había nada”, se lamenta esta mujer que se ha hecho activista para ayudar a su hijo y a otras familias en las mismas circunstancias.
Eva se despidió de Sofía, lloró su pérdida y dio nuevamente la bienvenida a David. Esta vez sin lacitos rosas ni vestiditos de princesa. Se armó de valor para enfrentarse a las críticas que la culpaban de acceder a todos los caprichos de su hijo. Con un informe psicológico, que decía que Sofía siempre fue David, reunió a los profesores del colegio cordobés donde estudiaba su hijo para informarles de que había que cambiar el listado de clase y donde antes ponía “Sofía” ahora se tenía que poder leer “David”.
Comenzó a tratar a su hijo como lo que siempre fue, un niño con genitales femeninos, y el rendimiento escolar de David pasó de suficiente a notable
Comenzó a tratar a su hijo como lo que siempre fue, un niño con genitales femeninos, y el rendimiento escolar de David pasó de suficiente a notable. David ya duerme por las noches, es capaz de concentrarse y viste boxers. “Hoy es el día más feliz de mi vida”, le dijo David a su madre cuando se puso sus primeros boxers masculinos. David es un niño feliz que juega al fútbol en un equipo federado como tantos y tantos niños de su edad. El único que aún no se atreve a ducharse en el vestuario con el resto de compañeros.
TRATADOS POR SU GÉNERO
En las últimas semanas, los padres de varios menores han reclamado un trato adecuado en diferentes colegios de Andalucía, el último caso conocido en un centro público de la localidad onubense de La Zarza. Todas las historias de niños transexuales se parecen mucho. Rechazan sus genitales y piden ser tratados, insistentemente, en un género distinto al biológico desde una edad temprana. La prueba de que no es una vendetta es que los niños transexuales pasan por episodios depresivos hasta que empiezan a ser tratados por su género.
La Academia de Pediatría de Estados Unidos señala que la identidad de género se estabiliza entre los dos y cinco años. Los padres de Lucía saben bien a qué edad se tiene clara la identidad de género. A los tres años, la carta a los Reyes Magos de su hija pedía una varita mágica para hacer desaparecer su pene. Aquella escena los alertó. Dejaron ser a Lucía. Se ponía los tacones de mamá y su admirado traje de gitana. En casa era feliz y en la calle era Jerónimo. Salía a pasear por Isla Cristina (Huelva) con su carrito de muñeca y vestida con prendas unisex hasta que a los ocho años avisó a sus padres que, a partir del próximo curso, sería Lucía para el mundo entero.
La Academia de Pediatría de Estados Unidos señala que la identidad de género se estabiliza entre los dos y cinco años
En septiembre fue al colegio vestida de niña. Pasó todo el verano pensando con qué vestuario presentar en sociedad a Lucía, la niña escondida en el disfraz de Jerónimo. Su rendimiento académico ha mejorado, ha dejado de sentirse ridícula y ya no le asusta relacionarse con adolescentes de su edad. Todo su entorno, empezando por sus padres, le recuerdan cada día que siempre fue Lucía. Su padre, un farmacéutico dispuesto a luchar por la felicidad de su hija, anuncia orgulloso que ya han comenzado los trámites para que desaparezca el nombre de Jerónimo de los documentos oficiales. Este simple trámite tiene en vilo a Lucía, es la única manera de evitar futuras discriminaciones o situaciones “tan dolorosas” como ver que las calificaciones de su hija son anotadas a Jerónimo en el tablón de anuncios del colegio.
A Manuela y Manuel, los padres orgullosos de Lucía, les preocupa la cercanía de la explosión hormonal de su hija. Quieren evitar a toda costa que se le agrave la voz y la aparición del vello corporal. Ansían que el Parlamento de Andalucía les ayude a proteger a su hija y apruebe la Ley Integral de Transexualidad que permitirá que la sanidad pública suministre los bloqueadores hormonales a estos niños y niñas. Un tratamiento reversible que suspende el desarrollo de caracteres secundarios hasta llegar a la mayoría de edad, edad legal para administrar las hormonas femeninas que asemejarán el físico de Lucía a su identidad de género. 
Ansían que el Parlamento andaluz les ayude a proteger a su hija y apruebe la Ley Integral de Transexualidad que permitirá que la sanidad pública suministre los bloqueadores hormonales
A diferencia de Lucía, Alejandro no pudo ser bloqueado hormonalmente. Con dieciséis años, su desarrollo hormonal femenino ya es irreversible. Cuando nació, su madre, solamente estaba pendiente de que una grave deficiencia visual no le limitara. Nunca pensó que, a los doce años, su hijo le preguntaría “qué nombre tenías pensando ponerme si hubiera nacido niño”. “Alejandro”, respondió, sabiendo por dónde iban los tiros. “A partir de ahora, mamá, ya nunca más seré Ana, desde este momento me llamaré Alejandro”, aseveró rotundo.
A los doce años, Alejandro había ya sufrido las transformaciones físicas de su cuerpo biológico de mujer. Los bloqueadores hormonales hubieran evitado sus voluminosos y repudiados pechos, las irritaciones y enfurecido carácter cada vez que aparece la menstruación, el agobio que le causan las vendas con las que oculta su biología y el “profundo asco” que le produce la anchura de sus caderas. A pesar de todo, Alejandro es un niño feliz. Tiene el apoyo de su novia, una compañera de instituto enamorada de un hombre, y el amor incondicional de su madre, que se emociona al relatar la felicidad que siente cuando ve a su hijo mirarse en el espejo con un par de calcetines metido dentro del calzoncillo. El amor y comprensión de los padres y madres de David, Lucía y Alejandro es la mejor terapia hormonal de estos menores. No sentirse solos y verse reconocidos en el género correcto les está ayudando a no engrosar la concurrida lista de personas transexuales que piensan o intentan suicidarse durante la infancia.
Alejandro es un niño feliz. Tiene el apoyo de su novia, una compañera de instituto enamorada de un hombre, y el amor incondicional de su madre
Mar Cambrollé, presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía, denuncia que el 80% de los transexuales ha pensado en el suicidio y un 40% de ellos lo ha intentado al menos una vez. Esta histórica activista transexual afirma que estos niños forman parte de una “generación de amor” que no le obligan al “desarraigo familiar”, renunciar a los estudios y ejercer la prostitución como única salida laboral. David entrena esta tarde con su equipo de fútbol. Lucía espera ansiosa la llegada de su nuevo DNI para no temer que el profesor publique sus calificaciones. Alejandro desea tener dieciocho años para someterse a una operación de reasignación de sexo y tirar las vendas y las compresas que le aprisionan su futuro. Al contrario que las generaciones sin amor, estos niños y niñas no serán expulsados de sus casas ni encarcelados por ser lo que siempre fueron.

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