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martes, 3 de febrero de 2015

HOMBRES POR LA IGUALDAD, FEMINISMO Y CAMBIO SOCIAL




Más peligrosa que la desconfianza de algunas feministas ante los hombres por la igualdad es el

enamoramiento acrítico de la novedad histórica que representan, porque olvida la capacidad que tienen las relaciones de poder para cambiar y reproducirse.


El Patriarcado se remonta a los orígenes de la civilización occidental. Es un sistema de organización social que naturaliza las desigualdades de poder entre hombres y mujeres, logra que estas desigualdades parezcan ser de interés general incluso para las mujeres, y es lo bastante flexible como para integrar relaciones más equitativas sin dejar de perpetuarse. Aunque el sexismo es anterior al capitalismo, este último separó las esferas pública y privada y logró que las mujeres trabajasen para los hombres, reproduciendo dentro de los hogares el esquema capitalista. Es lo que llevó a Flora Tristán a decir —en el siglo XIX— que «la mujer es la proletaria del proletariado», y nos obliga a estudiar la relación entre Patriarcado y Capitalismo.


Uno de los grandes obstáculos que han encontrado las reivindicaciones de las mujeres ha sido la resistencia de los hombres a priorizar estas reivindicaciones y a que ocuparan un lugar destacado en el esfuerzo por acabar con el conjunto de las desigualdades que hay que combatir para lograr una sociedad más igualitaria. Todas las experiencias revolucionarias nos han enseñado que las desigualdades que padecen las mujeres no se han acaban con el fin del capitalismo y de la propiedad privada,

porque los hombres no han dejado de seguir interesados en mantener la subordinación de las mujeres.


Por eso es lógico que se disparen las alarmas cada vez que se sugiere que las reivindicaciones feministas pueden desviarnos de objetivos más urgentes o importantes, o que se consideren demandas sectoriales, porque con esto se está sugiriendo también que podemos crear los lazos de solidaridad necesarios para transformar la sociedad sin cuestionar la supremacía masculina.


El feminismo es la vanguardia que ha luchado incansablemente en la calle y en las organizaciones mixtas (partidos, sindicatos...) para que se asuma la batalla contra el Patriarcado. Es, junto al resto de sujetos y colectivos oprimidos por el Patriarcado, un actor imprescindible, si es que queremos lograr el cambio radical que reivindicamos, en la lucha contra el sistema de dominación múltiple que padecemos.


Las feministas han conseguido que algunos varones nos cuestionemos la complicidad masculina en el disfrute de los privilegios que nos concede el sistema, y que tratemos de vencer la indiferencia del resto de los varones ante el padecimiento de las mujeres y del resto de los colectivos oprimidos por el sexismo. Pero algunas no acaban de creerse que haya hombres — socializados para ejercer el rol dominante— que puedan llegar a ser feministas; sostienen, con razón, que declararnos en contra de las desigualdades no nos convierte en igualitarios, de la misma forma que nuestra disposición a renunciar a los privilegios masculinos tampoco nos impide disfrutar de muchos de esos privilegios en la vida cotidiana.


Pese a sus reticencias y a nuestras contradicciones, la existencia de los hombres por la igualdad (antisexistas, antipatriarcales…) contribuye a demostrar que la división en el colectivo masculino está creciendo: una parte de los hombres combaten las desigualdades que sostienen sus privilegios, al tiempo que sirven de ejemplo de que es posible el cambio de los hombres; ejemplo para el resto de los varones y para las feministas que reclaman a sus compañeros —de vida, partido, sindicato…— que abandonen la apatía cómplice que mantienen ante sus reivindicaciones.


En nuestra corta historia hemos hecho algo más que reproducir con voz de hombre el discurso de las feministas. En temas como las violencias de género, la sexualidad, los derechos reproductivos, los cuidados o la educación, hemos hecho algunas aportaciones a los argumentos feministas tradicionales que sirven para animar a los hombres al cambio. La más discutida ha sido mostrar los costes de la masculinidad porque, pese a ser importantes, al exponerlos podemos relativizar los privilegios masculinos u olvidarnos de que la prioridad es combatir los problemas de quienes más sufren el sexismo; si hacemos esto, estaríamos más cerca del cinismo que del feminismo.


Debemos estar abiertos a las críticas, ser autocríticos y recordar que los hombres blancos, heterosexuales y de nivel sociocultural alto disfrutan de más privilegios. Para ser convincentes hemos de ser coherentes en lo público y en lo privado — especialmente en el reparto de lo doméstico—, y debemos esforzarnos por tejer las complicidades que nos permitan sumar fuerzas para alcanzar el cambio social anhelado.



José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad